Una familia con el alma en Guerrero

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“Llevamos más de 43 años, más que amañados estamos raizados antes. Los campesinos nos acostumbramos a todo, estamos acostumbrados al trabajo duro”.

Jhoan Esteban Ortiz Osorio 
Laura Camila Sandoval Camacho 

Entre el verde de las montañas de Guerrero y el café de la tierra preparada para la siembra, está la vía al  municipio de Pacho, una carretera pavimentada con casas y fincas a ambos lados del camino desde donde se puede divisar Zipaquirá. En el kilómetro 15 está el desvío que direcciona hacia las veredas pertenecientes al páramo, entre ellas Empalizado. Justo ahí comienza uno de los trayectos pedregosos, una destapada que cada vez se aleja más del ruido, de la contaminación, de las edificaciones y la congestión de la ciudad.


Quince minutos después de tomar ese desvío, de cruzar un pequeño puente que pasa sobre una quebrada, de ver solo parcelas, cultivos, ganados y subir una pequeña montaña, se llega a la finca de Carlos y su madre Ana Sofía.


Una cabaña no muy grande y en obra negra, es la última casa de ese camino largo y pedregoso, la más alejada de la vereda, donde dos perros grandes uno color miel y otro color negro azabache reciben a los visitantes meneando sus colas y lamiendo sus manos o rostros. Al estar a 3339 metros sobre el nivel del mar (msnm) el aire es frío, el viento abraza pero es escalofriante y la vista se inunda del verde del cultivo de la cebolla, o el marrón de las papas mezclado con el aroma del pastal del campo y del ganado, con el sonido de unas cuantas vacas y una ternera que hacen que el paisaje sea mágico.

Carlos López, un carupense de nacimiento que lleva más de 40 años en Guerrero, es moreno, con rasgos en su rostro que indican el trabajo bajo el sol que a veces sale radiante entre las nubes, de cabello corto y liso pero patillas largas hasta casi donde terminan sus orejas, afeitado siempre, de ojos negros un poco irritados, de manos maltratadas por el trabajo en la tierra y un espíritu de vida arraigado como él lo menciona, a sus costumbres y su vida en el páramo; lleva por lo general una gorra azul desgastada por el pasar del tiempo, un chaleco para cubrirse del frío, un jean claro y buzo manga larga, el vestuario de siempre para realizar las labores diarias.

Carlos López Campesino de Guerrero
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Él representa al paramuno de Guerrero, un campesino luchador que desde hace más de 40 años madruga a consentir sus cultivos, estar pendiente del ordeño de sus vacas y cuidar sus terrenos; un paramuno que, a pesar de estar distanciado de sus vecinos por algunos kilómetros, conoce a la mayoría, se preocupa porque todos se encuentren bien, y aunque su casa sea una de las más alejadas, si se pregunta en el camino por él todos van a saber ubicar donde vive; es un líder para su comunidad, pues ha sido presidente y vicepresidente de la Junta de Acción Comunal de Empalizado de la cual participa activamente hoy en día, durante este tiempo ha logrado conseguir ayudas y recursos para pavimentar algunas vías.  

 

Él como la mayoría de campesinos de Guerrero atiende a los forasteros con amabilidad, con una taza grande y caliente de café, la que en este caso es preparada con amor y con una sonrisa inolvidable por su madre Ana Sofía, una mujer de 72 años que se protege del viento paramuno con gorra azul, sudadera, camisa y un buzo de tela. Tiene una mirada generosa y humilde que resalta en su sonrisa tierna por vivir rodeada del verde del campo, el café del cultivo y el blanco de la leche que producen sus vacas, como ‘Azucena’ la nueva integrante de la familia.

Ella nació en Carmen de Carupa y representa a muchas madres del páramo, mujeres verracas que se despiertan desde muy temprano para ayudar con las labores de la casa y la comida, pero también que están dispuestas a coger pala, machete o azadón para ayudar con el cultivo o baldes para recolectar la leche de la faena del ordeño.

“Yo me dedico al oficio de la casa y le ayudo a mi hijo a ordeñar las vaquitas, el aseo, lavar la ropa, todo el oficio que hay que hacer en la casa… Aquí preparo las papitas, el arrocito, cuando hay grano, verduritas, así lo que sea, la carne”.

Sobrino Carlos - Carlos López - Ana Sofía - Hermano Carlos

Para ellos el páramo no es solo un ecosistema lleno de flora y fauna, el páramo se convirtió en su hogar y en su forma de generar ingresos, recursos que poco a poco les permitieron terminar de construir su casa, adquirir su camioneta, comprar sus vacas, seguir con sus cultivos y pagar impuestos como cualquier ciudadano.

Ahora que los complejos de páramos en Colombia cuentan con una ley de preservación, son más las dudas que tienen que las certezas sobre el qué pasará con ellos al momento que comience a regir esta ley, con las delimitaciones que indicaron qué es páramo y qué no, pero que no sólo limitaron el ecosistema, también a sus habitantes, pues como afirma Carlos: “¿Qué puede hacer uno, el dueño del predio? Achican por completo la oportunidad de trabajar, ni para cuidar ni para sembrar y menos para construir”.

Salieron de Carmen de Carupa desde 1976 con el objetivo de llegar a un lugar que les brindara oportunidades y vivienda a toda una familia, conformada por mamá, papá y cuatro hijos. En 43 años la única hija mujer fue la que decidió dejar su hogar en el páramo para irse a Zipaquirá y formar su familia, el padre al igual que el otro hijo fallecieron, ahora solo quedan Ana, Carlos y el otro hijo de Ana, ellos saben que el páramo les ofrece todas las posibilidades que podrían ser inciertas para ellos en otros lugares. 

Carlos López
Ana Sofía Ortiz de López
Fachada de la casa de Carlos y Ana
Vista a 3339 m.s.n.m.
Cocina a leña
Cuadro familiar
Cultivo
Herramienta para arar la tierra
Ganado
El guardián
Arar la tierra
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